A la locura la amamantan la borrachera y la ignorancia. Y tiene un séquito de seguidores y acompañantes. El Amor Propio,
¿Por qué cresta tengo está volá con Erasmo de Rotterdam? No lo sé, quizás la locura me está apretujando la mente, el alma… la vida entera. Y, cuando digo “locura”, no me estoy refiriendo a aquella que tiene a gente en psiquiátricos –o, quizás, un poco también-, más bien hablo de la que me nos nubla los pensamientos socialmente considerados cuerdos. La universidad, la familia, las personas que nos quieren. Y un sin fin de bla bla bla.
Porque yo sí siento el mismo séquito y acompañantes. La ignorancia es un estado bastante cómodo, hay que asumirlo. Porque hacerse la “lesa” ayuda a no tomar en serio toda esa mierda de la que te hablan y no tienes la menor gana de escuchar, así que la mejor excusa es decir “no entiendo, no lo sé”. La borrachera, compañera y fiel confidente. El amor propio y la adulación son la única forma de sentirnos queridas, porque si no somos nosotras las que nos “tiramos pa’rriba”, ¿Quién?. Si cuántas veces no sentimos que hablamos y nos oyen pero no nos escuchan y ni siquiera son capaces de fingir, mentirnos un poco. El olvido. Yo no olvido nada. Ni cuando me emborracho. Quizás, sólo quizás, puedo fingir que lo hago, pero por conveniencia nada más. La pereza nos la gana todos los días. No sé qué ha tenido este semestre que todos los días me siento cansada y sin ánimo. Así está la cosa.
La ignorancia hace la felicidad.
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