lunes, 18 de mayo de 2009

Hombre común.


Cuando el novio al que se había regalado en la despensa quiso casarse con la Tía Clemencia, ella le contestó que eso era imposible. Y se lo dijo con tanta seriedad que él pensó que estaba resentida porque en lugar de pedírselo antes se había esperado un año de perfúmenes furtivos, durante el cual afianzó bien el negocio de las panaderías hasta tener una cadena de seis con pan blanco y pan dulce, y dos más con pasteles y gelatinas.
Pero no era por eso que la Tía Clemencia se negaba, sino por todas las razones que con él no había tenido nunca ni tiempo ni necesidad de explicar.
-Yo creía que tú habías entendido hace mucho- le dijo.
-¿Entendido qué?-preguntó el otro.
-Que en mis planes no estaba casarme, ni siquiera contigo.
-No entiendo-dijo el novio, que era un hombre común y corriente-. ¿Quieres ser una puta toda la vida?
Cuando la Tía Clemencia oyó aquello se arrepintió en un segundo de todas las horas, las tardes y las noches que le había dado a ese desconocido. Ni siquiera tuvo ánimo para sentirse agraviada.
-Vete-le dijo-. Vete, antes de que te cobre el dineral que me debes.

1 comentario: