lunes, 1 de junio de 2009

Dame calma, cuál calma.


Que me sienta aliviada, mierda, puede ser tan extraño...
Quiero algo de calma de vida, quiero poder sentarme en el parque mirar el cielo sin esta sensación de angustia, quiero caminar de tu mano sin pensar en lo que digan, quiero sentirme libre de todo lo que me mantiene atada a ese pasado que, de una u otra manera, me tiene así. Necesito tanto sacarme del pecho esta horrible sensación de asco, de pena máxima, de esas ganas de llorar a gritos por la calle, porque no me importa ya que la gente me crea loca, estúpida... Necesito calma, paz.
Siento que me van robando el alma estos impulsos, que ya no controlo ni el llanto ni la histeria, ni lo que se me cruza y odio ni lo que voy amando a diario. Yo ya no controlo nada y tampoco sé quién lo hace por mí. Los ínfimos momentos de alivio son como sueños, me siento flotar drogada, quizás y lo más probable por efecto de las pastillas, pero pasan y vuelvo de nuevo a la realidad de la sala de clases, llena de gente que apenas conosco; o vuelvo entre la gente, en pleno Concepción o en la micro... No sé, es tan brusco, tan violento, tan avasallador todo. Siento que el coraje, no la rabia, sino la fuerza o las ganas de seguir se me desvanecen, se deshacen a medida que pasa el día y me voy apagando con él.
De dónde saco calma, de tí, de los demás, de mí, de los doctores. Pero cuál calma...

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